La música clásica y la popular se unieron en el piano
de la maestra Silvia Navarrete, quien recorrió siglos y
fronteras, dando vida con sus manos a las partituras
de grandes compositores.
El profundo sentimiento
con el que la mexicana tocó
su instrumento, se apreció en sus ojos cerrados y la
expresión de su rostro y fue transmitido al público
interpelando las almas.
Cada oleada de sonidos
resonaron no sólo en el
Auditorio de Minas sino también en cada corazón. La
belleza inabarcable de la música y el significado de
cada pieza constituyeron un programa fascinante.
Silvia Navarrete inició su
participación en el Festival
Internacional Cervantino conmemorando el 250
aniversario del nacimiento de Mozart y el 150 de la
muerte de Schumann.
Para este propósito tocó
una sonata (K. 333) que el
austriaco escribió en tiempos tristes para él, por el
rechazo que vivió en París y la muerte de su madre,
y luego ejecutó una fantasía (op. 17) del alemán que
hizo suspirar a los asistentes.
El concierto atravesó el
océano y las Danzas
Cubanas de Ignacio Cervantes, “Soledad”, “Los tres
golpes”, “Ilusiones Perdidas”, “La celosa”, “Adiós a
Cuba” y “No bailes más” crearon un ambiente
suspendido en una dulce nostalgia.
La alegría retornó de
súbito con “Aires Nacionales
Mexicanos”, de Ricardo Castro. Un torbellino musical
envolvió a la audiencia llevando hasta ahí la fiesta de
un pueblo y todo su colorido.
A esta explosión de gozo
le siguió una obra que
conmovió, “Mírame mis ojos”, de Melesio Morales. El
autor la escribió para su hija de 4 años que falleció.
La emotividad
característica de la pianista con la que
tocó “Balada Mexicana”, de Manuel M. Ponce le dio
un toque especial que cerró de forma magistral el
concierto.